viernes, 23 de marzo de 2012

Medios y fines en la televisión digital en Chile

por Juan Agustín Vargas
El director del Proyecto de TV Digital de Anatel plantea que la nueva tecnología abre perspectivas inimaginables para la industria, pero el acento debe ponerse en otro ámbito: “Hemos ocupado demasiado tiempo en discutir sobre la duración de las concesiones, la televisión de pago o los porcentajes de esto o aquello. Todo muy importante, pero lo único realmente valioso son los contenidos”.

Para la mayoría de las personas, el tema de la televisión digital, abierta y gratuita, está asociada a la posibilidad de tener un mayor número de canales. Imaginan una oferta que supera largamente la actual en cantidad y que está asociada a una mejor calidad técnica en la recepción de la imagen y el sonido.

El público quiere ver televisión con la mejor calidad técnica posible y de la manera como lo ha hecho hasta ahora. A juzgar por la cantidad de aparatos receptores, inteligentes (Smart TV) o no, que se han vendido en los últimos meses, a nadie le preocupa mucho la inversión que esto trae aparejada. La promesa de más y mejor televisión parece demasiado atractiva.

La cuestión de fondo es los contenidos que transportaremos por este medio y cómo se podrían financiar. Aquí los problemas se agudizan y complejizan en forma importante.

Hoy un proyecto que modifica la Ley orgánica del CNTV con más de 500 indicaciones se encuentra en una comisión conjunta del Senado para una discusión que se presume tomará algún tiempo. Pretende resolver en un solo cuerpo legal temas técnicos, administrativos y de regulación.

Pero como todo proyecto debemos revisar su forma y fondo

La forma en que este nuevo avance y su casi incomprensible tecnología, con siglas que poco explican –como TDT , TDH, Simulcast , ISBT– y numerosos artículos de prensa que explican cómo estas señales serán distribuidas en el país es interesante, atractiva, y parece el núcleo del tema.

Pero después de algunos momentos de reflexión, podríamos concluir que para el público, un mayor análisis del mundo de la tecnología es casi innecesario. Si en la solución final se utiliza una red terrestre (TDT) o una transmisión directa del satélite al hogar (DTH), o si el período que deberán convivir los sistemas análogos y digitales (Simulcast) es de 5 o 10 años es prácticamente indistinto: los ingenieros de nuestros canales están perfectamente capacitados para implementar la solución final que se adopte, que a la postre pasará por el monto de la inversión y que, dicho sea de paso, no es menor: equivale a 6 o 7 años de las utilidades de la industria completa que los canales tendrán que asumir con sus propios recursos.

Podríamos imaginar entonces, idealmente y en un plazo más o menos breve, una pantalla llena de canales con posibilidad de conectarse a Internet (el futuro) y con capacidades interactivas. Desde un punto de vista técnico, un éxito total.

Pero superadas las vallas tecnológicas (un desafío oneroso pero abordable), la cuestión de fondo es los contenidos que transportaremos por este medio y cómo se podrían financiar. Aquí los problemas se agudizan y complejizan en forma importante.

Actualmente los canales disponen solo de los recursos que obtienen de la venta de publicidad y destinan más del 50% de sus ingresos a la preparación de sus programas, con el agravante de que el monto total de la inversión publicitaria no ha crecido; se mantiene estable desde hace varios años.

Estamos hablando de una industria influyente pero pequeña, frágil y llena de obligaciones.

Sin nuevas fuentes de recursos, parece poco probable que la industria, en las condiciones actuales, sea capaz de aumentar sus porcentajes de producción sin dañar seriamente la calidad de sus realizaciones u obligándola a extranjerizar su oferta más allá de un equilibrio recomendable.

Actualmente un canal transmite alrededor de 7.000 horas al año. En nuestro país los canales de televisión abierta agrupados en Anatel, emiten alrededor de 50.000 horas anuales. Imaginemos por un momento la llegada de otros siete canales. ¿Seremos capaces de producir o encontrar en el mercado internacional 100.000 horas de relativo buen nivel o caeremos en una vorágine de mediocridad sin sentido?

Imaginemos por un momento la llegada de otros siete canales. ¿Seremos capaces de producir o encontrar en el mercado internacional 100.000 horas de relativo buen nivel o caeremos en una vorágine de mediocridad sin sentido?

Por otra parte no falta quien se pregunta, y quizás con razón, si la oferta actual es la adecuada. Hay evidentemente una homogeneidad: pareciera que la tendencia va en el sentido de una entretención mayoritariamente liviana, en perjuicio de programas de mayor contenido y todo bajo la premisa de que es lo que la gente busca, lo que la satisface y lo que entrega los ratings necesarios para obtener los recursos. Se asemeja más a una espiral perversa que a un círculo virtuoso.

En ocasiones se escucha que este fenómeno es mundial y que en todas partes ocurre lo mismo. Al revisar las ofertas de países desarrollados efectivamente encontramos el mismo tipo de programas, pero son fruto de otras fuentes de financiamiento, en una proporción diferente que permite espacios para conversación, análisis, ciencia, tecnología, economía, política nacional e internacional, medicina y otros. Finalmente es una decisión soberana de cada canal y es el público el encargado de resolver.

Agreguemos a lo anterior que la disposición del espectador –el momento en que podrá acceder a estos contenidos– necesariamente cambiará con las nuevas tecnologías. La TV móvil o los equipos que nos permiten ver a la hora que más nos acomode los programas que nosotros seleccionaremos previamente alterarán nuestros hábitos. El espectador estará empoderado como nunca antes, y dejará de ser un consumidor pasivo para transformarse en uno activo, crítico y dueño de sus tiempos.

La ingeniería nos abrirá espacios y posibilidades hoy inimaginables, pero sin duda los contenidos serán las estrellas de esta nueva revolución que nos trae la tecnología digital. Es el punto medular al que debemos dirigir nuestros esfuerzos. La calidad de los programas, la creatividad y diversidad de la oferta generada a un costo accesible será el verdadero tema de fondo. Sin contenidos aceptables tendremos un mundo vacío y una vez más habremos confundido el medio con el fin.

Después de todo, nuestros parlamentarios y reguladores han tenido razón en dilatar la discusión legislativa. Hemos ocupado demasiado tiempo en discutir sobre la duración de las concesiones, la televisión de pago o los porcentajes de esto o aquello. Todo muy importante, pero lo único realmente valioso son los contenidos.

Para su ejecución los canales requieren estabilidad, reglas claras, diseñar e implementar nuevas fuentes de recursos, neutralidad tecnológica para utilizar los avances que la ingeniería moderna nos entrega y sobre todo la defensa de la propiedad de sus contenidos.


lunes, 30 de enero de 2012

Ley de TV Digital: obsolescencia ad portas

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Eduardo Costoya
Presidente de la Subcomisión de Radiodifusión Comisión de Telecomunicaciones, Colegio de Ingenieros de Chile A.G

Desde que se inició la discusión sobre cómo introducir la TV Digital en nuestro país, el Colegio de Ingenieros de Chile ha tenido una activa participación en ella.

En este momento se discute en el Congreso Nacional el proyecto de ley que regula la TV Digital en Chile.

La discusión ha sido larga -lleva ya varios años- y tediosa, y lo concreto es que mientras muchos países ya cuentan con esta moderna tecnología en Chile solo contamos con una pocas emisiones experimentales, y seguimos enfrascados en un diálogo de sordos. Chile, el país que alguna vez fue uno de líderes en telecomunicaciones, dejó de serlo.

Pero lo más grave es que mientras en el Congreso Nacional persiste la discusión de incontables indicaciones que aparentemente pretenden mejorar el referido proyecto de ley, en el mundo la tecnología de telecomunicaciones continúa su avance arrollador, reduciendo costos, acortando distancias, aumentando capacidades y permitiendo en definitiva que todos -y ya no solo una elite- tengamos acceso a los servicios correspondientes.

En 2008, cuando el Colegio fue invitado a la Comisión de Ciencia y Tecnología la Cámara de Diputados, un parlamentario expresó que estaban haciendo una ley de TV para los próximos cuarenta años. Entonces respondimos que con suerte sería para los próximos veinte. Hace un año nuestra respuesta habría sido que la ley en estudio sería -con más suerte aún- para los próximo diez. Hoy nuestra cifra sería menor: posiblemente de cinco a ocho años, a lo más.

Se ha gastado mucho trabajo, tiempo y recursos para elaborar el proyecto de ley de TV digital que hoy está en el Congreso, pero cabe preguntarse ¿Habrá llegado el momento de abandonarlo, repensar nuevamente todo el problema y desarrollar a continuación una ley muy simple, con la vista en los ineludibles cambios que se avecinan, que sea de fácil y rápida tramitación y que al menos permita que Chile se incorpore pronto al mundo de la TV Digital, antes de que el carro del progreso nos deje atrás?

El problema central de la ley en estudio es que supone que por los próximos cuarenta años la TV Digital seguirá siendo “por aire”, es decir, mediante el uso de transmisores y del espectro radioeléctrico, suponiendo además que lo que hoy se denominan “tecnologías conectadas”, es decir, la TV que se ve a través del cable, de la fibra óptica o del satélite y muy luego Internet, es tan sólo un complemento. La realidad, sin embargo, es que hoy la TV ya no es solo “por aire”, sino que lo es cada vez menos, mientras las tecnologías conectadas ganan exponencialmente el favor del público.

Además, la televisión “por aire” significa el uso del espectro radioeléctrico, que es un recurso limitado y progresivamente escaso, en el cual otras fuerzas de la economía tienen puestos sus ojos, con lo que enfrenta un problema adicional.

En efecto, en los años 50 la TV disponía de 87 canales (en VHF y UHF). En los años 70 se redujeron a 67, y en la actualidad las cifras van de 30 a 51 canales, dependiendo del país. En 2011, la FCC (órgano regulador de las telecomunicaciones de los EE.UU.) ha pedido a los radiodifusores devolver otros 20 canales, o sea 120 MHz, para subastarlos entre otros usuarios del espectro. No hace falta ser un experto para pronosticar la tendencia futura.

Lo anterior se explica porque las tecnologías de telecomunicaciones móviles, que hace unos pocos años eran esencialmente para telefonía, y que hoy abarcan muchas otras prestaciones como acceso a Internet y televisión, requieren anchos de banda cada día mayor. Actualmente la telefonía móvil, que como ya sabemos no es solo “telefonía”, utiliza alrededor de 230 MHz del espectro radioeléctrico. La Unión Internacional de Telecomunicaciones pronostica que para el año 2020 van a hacer falta 1.200 a 1.700 MHz para las tecnologías de telecomunicaciones móviles de Banda Ancha.

Además, ¿qué pasaría en Chile si por una semana no funcionara la TV “por aire”? Según la ultima encuesta del CNTV, las personas que viven en el 63% de los hogares no se darían cuenta, porque tienen TV por cable o por satélite, cifra que en Antofagasta llega hoy al 88% y que en todo el país crece a diario. ¿Pero qué sucedería si la telefonía móvil o Internet no funcionaren por una semana? Simplemente, el país colapsaría. De ahí que las autoridades de todo el mundo no vacilen en recuperar espectro desde la TV para destinarlo a las nuevas tecnologías de telecomunicaciones móviles.

De igual forma, la TV conectada (por cable, fibra óptica, satélite o teléfono celular) ya no es más una mera extensión o “brazo largo” de la TV “por aire”, sino que aquella es crecientemente productora de contenidos, y para el usuario es indiferente cómo llegan esos contenidos a su hogar. La TV a través de Internet -gratuita o de pago- es otra realidad que crece a pasos agigantados; Netflix, por ejemplo, llega a cualquier hogar de Latinoamérica a través de Internet con 20 mil títulos de películas, series, documentales, etc. por el precio mensual de una entrada al cine, o del arriendo de dos películas en un video club. Los televisores SmartTV, con conexión a Internet, ocupan crecientemente volumen en la oferta y en pocos años la totalidad.

La ley en trámite simplemente ignora estas realidades.

En ese escenario surgen muchas preguntas. ¿Qué concesiones requieren los teledifusores del mañana? ¿Tienen sentido en Internet concesiones nacionales, regionales, locales, comunitarias o culturales? ¿TVN tuvo que pedir concesión en Australia o en Europa, para difundir su programación diaria por Internet, que ven los chilenos en todo el mundo? ¿Pidió́ acaso concesión en Chile para difundirlos en el extranjero?

Pero la pregunta que debemos hacernos no es cómo se debería regular esta nueva realidad tecnológica. La pregunta correcta es: ¿Será posible regularla? ¿Vale la pena hacerlo? Skype es otro ejemplo de la industria de las telecomunicaciones que refuerza esta pregunta.

Se ha gastado mucho trabajo, tiempo y recursos para elaborar el proyecto de ley de TV digital que hoy está en el Congreso, pero cabe preguntarse ¿Habrá llegado el momento de abandonarlo, repensar nuevamente todo el problema y desarrollar a continuación una ley muy simple, con la vista en los ineludibles cambios que se avecinan, que sea de fácil y rápida tramitación y que al menos permita que Chile se incorpore pronto al mundo de la TV Digital, antes de que el carro del progreso nos deje atrás? Lo anterior también nos lleva a pensar en enfrentar sin demora el desafío que el acceso de Banda Ancha esté disponible para todos los chilenos, que no es solo TV sino que educación, productividad y conocimiento.